Inteligencia Colectiva y organización

En los modelos de organización del siglo que estamos empezando (no llevamos más de un 11% y algo superado), se está dando algo que muchas veces los seres humanos hemos considerado, y que últimamente parece tabú a la hora de abordar una ingente variedad de temas: desde las relaciones interpersonales hasta los viajes espaciales, pasando por la organización empresarial: el modelo basado en inteligencia colectiva o, si vamos a lo más pomposo, de la decisión horizontal.

Y es que, desde pequeños, intentan imponernos a fuego el dogma de que la única forma viable de organización es la organización vertical, es decir, las jerarquías,o aquellas en las que hay diversos niveles de directivos (que no líderes), y en las que, cada bajada en el escalafón significa mayor nivel de dependencia (a casi todos los niveles) y menor nivel de realización personal.

De esta manera, han conseguido (al menos, hasta ahora) formar sociedades (que no comunidades, ni grupos libres de personas) en las cuales tanto como el 99% de la población gana, de máximo, un 5% de lo que gana el otro 1%, y es más, en el que un 0,35% de la población viene ganando unas 10 o 100 veces más, que el resto de los privilegiados en completar el 1%.

En resumen: han elaborado jerarquías que van desde el plano más privado y doméstico (hombre sobre mujer, padres sobre hijos, jefe sobre empleados) hasta lo más general de la sociedad (capital sobre personas).

Además, en estes últimos tiempos, de crisis o de capitalización ilegítima de los colectivos más adinerados, asistimos a una generalización de estes comportamientos al interior de muchas familias, o esa es la idea que da lo que se vé en comportamientos de muchas personas.

En estes comportamientos, el dinero empieza a dejar de funcionar (si es que alguna vez funcionó) como medio para mejorar oportunidades, y se empieza a ver como el fin y la medida de toda actividad personal y/o familiar.
Sin dejar de reconocer las dificultades de financiación de muchas familias, precisamente el problema es que, poniendo el dinero en la dirección de decisiones, estamos poniendo el carro antes que los bueyes, y, por mucho que lo deseemos, no va a ser el carro el que tire de unos obstinados bueyes que se saben depositarios de la fuerza que sí que puede mover el carro.

Por todo ello, tal vez debamos, desde nuestro mundo más cercano, desde nuestras actuaciones, ser nosotros los que controlemos nuestro tiempo (bien más preciado) y nuestro dinero, en vez de que sea el dinero el que malgasta nuestro tiempo.
Y, para ello, evidentemente, deberíamos contar con los demás, no como nuestros asistentes personales, sino como personas válidas individual y colectivamente, con capacidad de razocinio y decisión,y que estas personas sepan también valorar nuestras contribuciones, puesto que si alguna de las dos cosas falla, falla el conjunto ya que nada suele ser responsabilidad de sólo una persona, sino del conjunto de las mismas.

Por ello, empecemos a ensayar y construir nuestro conjunto de competencias horizontales, mientras animamos a l@s demás a hacer lo mismo. Con ello, fomentaremos más decisiones conscientes tomadas en el seno de un razonamiento más profundo y equilibrado, y menos decisiones por impulsos modeladas por unos medios de adoctrinamiento (aún no de comunicación) en los cuales lo único que se fomenta es la frustración y/o el miedo, que son los dos medios (y miedos) preferidos históricamente por las jerarquías para controlar y esclavizar a la gran mayoría de la población.

 

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